Transformó un vagón de subte en una casa de fin de semana: la historia de un proyecto único
Juan Iriarte compró un viejo vagón de subte y lo convirtió en su refugio en un barrio privado de Canning. El proyecto que comenzó con un vagón de chatarra se transformó en una moderna casa funcional.
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En el corazón de un barrio privado de Canning, donde la mayoría sueña con casas modernas, Juan Iriarte optó por una solución creativa y única: compró un viejo vagón de subte, abandonado y vandalizado, y lo transformó en su casa de fin de semana. El vagón, que había sido desechado en un depósito de chatarra en Pilar, pasó de ser un objeto olvidado a un hogar funcional de 18 metros de largo.
El proyecto comenzó en 2020 durante la pandemia, cuando Juan encontró un terreno accesible en un nuevo barrio de Canning y decidió invertir en la compra de un vagón que estaba a la venta. El proceso no fue sencillo: primero, Juan negoció la compra del vagón y luego enfrentó el desafío del traslado, que incluyó restaurar la estructura, pintarla y reemplazar los vidrios rotos para poder llevarla al barrio privado.
Un hogar en el vagón: el trabajo de restauración
El vagón, originalmente de 1957 y utilizado en el metro de Tokio, llegó a Buenos Aires en los años 90, y aunque estaba en muy mal estado, Juan vio el potencial. La estructura metálica fue restaurada, pintada de gris y se le instalaron ventanas originales que todavía se deslizan hacia arriba y hacia abajo. En el interior, Juan creó espacios funcionales: un baño con ducha escocesa, dos dormitorios compactos para los chicos, y un área social que incluye cocina, comedor y living, con un sofá cama que permite recibir invitados.
En cuanto a la climatización, el vagón cuenta con equipos de frío-calor y una estufa moderna, además de un sistema de aislamiento que garantiza que la estructura se mantenga hermética, sin filtrar agua ni tierra, lo que ha convertido al lugar en un refugio ideal para los fines de semana largos.
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La historia detrás del vagón
Juan explicó que, a pesar de las dificultades, el resultado final ha sido satisfactorio. "Con las cuchetas y el sofá cama, pueden dormir hasta ocho personas", explicó. Además, la familia disfrutó de veranos tranquilos en su nuevo hogar, donde la estructura de hierro ofrece resistencia al paso del tiempo.
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A lo largo de los años, el vagón ha sido restaurado tres veces; la última renovación fue para corregir el revestimiento naranja que se había resquebrajado. Para Juan, este proyecto personal no solo es un desafío arquitectónico, sino también una forma de dar nueva vida a un objeto histórico que muchos habrían considerado chatarra.
Finalmente, Juan manifestó que, si tuviera los recursos, no dudaría en seguir adelante con más proyectos: “Si me gano el Loto, me compro un terreno en Punta del Este y llevo dos vagones”, concluyó.

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