Salud mental y redes sociales: el riesgo de autodiagnosticarse con etiquetas virales
El psicólogo Jorge Prado advirtió sobre una tendencia creciente entre adolescentes que llegan al consultorio convencidos de padecer determinados trastornos después de consumir contenido en redes sociales. Para el especialista, escuchar el relato detrás de esas etiquetas y recuperar espacios de encuentro resulta fundamental.
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Las redes sociales contribuyeron durante los últimos años a que la salud mental ocupe un lugar mucho más visible en las conversaciones cotidianas, especialmente entre adolescentes y jóvenes. Sin embargo, esa mayor circulación de información también abrió un nuevo problema: la posibilidad de asumir diagnósticos a partir de videos, publicaciones o experiencias ajenas sin atravesar una evaluación profesional.
El psicólogo Jorge Prado señaló que en los consultorios se repite cada vez más una escena: adolescentes que llegan afirmando directamente que tienen “ansiedad social” después de haber encontrado contenidos sobre el tema en TikTok, transmisiones de streamers u otras plataformas.
Para el especialista, el problema no pasa por negar automáticamente aquello que sienten, sino por evitar que la etiqueta reemplace al relato personal.
Detrás de una misma expresión pueden existir realidades muy diferentes: miedo al rechazo, conflictos familiares, experiencias de violencia, duelos, dificultades para relacionarse o períodos prolongados de soledad.
Cuando el diagnóstico aparece antes que la historia
Según Prado, una de las primeras tareas de un profesional consiste en apartar momentáneamente ese rótulo para comprender qué está atravesando realmente el adolescente.
“El diagnóstico llega antes que el relato”, sintetizó al describir una dinámica en la que muchas personas encuentran primero una categoría en internet y recién después intentan adaptar su experiencia a ella.

El fenómeno se produce además en un contexto marcado por una fuerte paradoja: nunca existieron tantas posibilidades de comunicación digital y, al mismo tiempo, muchos jóvenes encuentran mayores dificultades para establecer encuentros cara a cara.
Horas de conversaciones mediante el celular pueden coexistir con menos reuniones presenciales, menor autonomía para circular por determinados espacios y agendas cada vez más estructuradas.
La hiperconexión y la necesidad de pertenecer
Prado aclaró que sería incorrecto responsabilizar exclusivamente a las redes sociales. Estas plataformas también permitieron visibilizar experiencias que durante años fueron silenciadas y facilitaron que muchas personas encontraran palabras para expresar situaciones personales.
Sin embargo, el especialista plantea que la lógica de las plataformas puede favorecer una cultura donde el reconocimiento comienza a medirse mediante seguidores, reacciones y exposición permanente.
A eso se suma, según su análisis, una creciente exaltación de la autosuficiencia: la idea de que una persona debería poder resolver todo sin depender emocionalmente de otros.
Para Prado, el cuidado personal resulta necesario, pero puede volverse problemático cuando se transforma en un mandato que presenta cualquier necesidad de vínculos como una debilidad.
Desde esa perspectiva, aquello que algunos adolescentes identifican rápidamente como “ansiedad social” puede formar parte de un malestar mucho más amplio relacionado con la dificultad para vincularse, sentirse reconocido y encontrar espacios de pertenencia.

La escuela y la familia como espacios de prevención
El psicólogo sostiene que la prevención no debería comenzar únicamente cuando el sufrimiento llega al consultorio.
En este sentido, destaca especialmente el papel de la escuela como uno de los pocos ámbitos donde adolescentes provenientes de realidades diferentes deben compartir diariamente un mismo espacio físico.
Ese encuentro cotidiano permite construir vínculos y atravesar experiencias que una pantalla difícilmente pueda reemplazar.
También asigna un papel importante a las familias, aunque aclara que no se necesita una presencia permanente ni idealizada.
Pequeños gestos pueden resultar significativos: compartir una comida sin celulares, conversar sin apuro o preguntar de manera genuina cómo estuvo el día.
Recuperar el valor del encuentro
El planteo apunta finalmente a recuperar experiencias presenciales que forman parte del desarrollo de niños y adolescentes: juntarse con amigos, discutir, jugar, enamorarse, atravesar diferencias y reconciliarse.
Son experiencias que quizás no generan una publicación ni dejan registro digital, pero que contribuyen a construir formas de relacionarse con otros.
Para Prado, escuchar a un adolescente implica también comprender el contexto social en el que está creciendo.
Por eso, frente a términos sobre salud mental que se multiplican en las redes, el desafío consiste en evitar diagnósticos apresurados y abrir espacio para que cada persona pueda explicar qué le sucede.
Las redes pueden ser una puerta de entrada para hablar de salud mental, pero un diagnóstico requiere una evaluación profesional y no puede establecerse únicamente a partir de contenidos vistos en internet.

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