Qué le pasa al cerebro cuando juega la Selección Argentina en el Mundial
El debut argentino en una Copa del Mundo despierta emociones intensas, acelera el corazón y puede aumentar la ansiedad. La ciencia explica por qué un partido de fútbol activa mecanismos cerebrales similares a los de una situación de alto estrés.
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Cada cuatro años ocurre un fenómeno que trasciende el deporte. Las calles se vacían, los grupos de WhatsApp hierven de mensajes y hasta quienes habitualmente no siguen el fútbol se interesan por el resultado.
Pero detrás de esa pasión colectiva hay una explicación científica: cuando juega la Selección Argentina, el cerebro pone en marcha una serie de procesos que modifican el estado emocional, la atención e incluso el funcionamiento del organismo. Para muchas personas, la ansiedad comienza varias horas antes del pitazo inicial y solo desaparece cuando termina el partido.

El cerebro vive el partido como un desafío propio
La ansiedad que aparece antes de un partido importante no es una exageración ni una simple sensación subjetiva. La neurociencia sostiene que el cerebro interpreta determinados acontecimientos emocionalmente significativos como si fueran experiencias personales.
En el caso de la Selección Argentina, el vínculo trasciende lo deportivo. Se mezclan la identidad nacional, los recuerdos familiares, las emociones compartidas y la expectativa de alcanzar un objetivo colectivo. Esa combinación hace que el cerebro responda con una activación muy similar a la que tendría frente a un examen, una entrevista laboral o cualquier otro evento considerado trascendente.
Cuando se acerca el inicio del encuentro, aumenta la actividad del sistema nervioso simpático, responsable de preparar al organismo para responder ante situaciones de tensión. Como consecuencia, se libera adrenalina, una hormona que incrementa la frecuencia cardíaca, acelera la respiración y mantiene al cuerpo en estado de alerta.

Por eso muchas personas sienten "mariposas" en el estómago, sudor en las manos, tensión muscular o una sensación permanente de nerviosismo durante la previa.
A su vez, el cerebro comienza a producir cortisol, conocido como la hormona del estrés. En niveles moderados resulta útil porque mejora la atención y permite reaccionar rápidamente. Sin embargo, cuando la ansiedad se prolonga durante varias horas puede provocar irritabilidad, dificultad para concentrarse e incluso alterar el sueño.
Los especialistas explican que este fenómeno también está relacionado con la llamada "identidad social". Las personas sienten que forman parte de un grupo y viven los logros o las derrotas como propios. Esa identificación hace que un gol genere una descarga de felicidad comparable con la que producen otros acontecimientos personales importantes.
No es casual que después de un triunfo aparezcan abrazos entre desconocidos, festejos espontáneos en las calles o lágrimas de emoción. El cerebro libera dopamina y endorfinas, sustancias asociadas al placer, la recompensa y el bienestar.
En cambio, cuando el resultado no es favorable predominan emociones como la frustración, el enojo o la tristeza. Aunque el partido haya terminado, esas sensaciones pueden mantenerse durante varias horas.
Cuando la pasión se transforma en ansiedad
Seguir un Mundial suele ser una experiencia positiva porque fortalece los vínculos sociales y genera momentos compartidos con familiares, amigos o compañeros de trabajo. Sin embargo, en algunas personas la intensidad emocional puede convertirse en un problema.
Hay quienes pasan toda la jornada pensando en el partido, revisan permanentemente las noticias, imaginan distintos resultados o sienten una preocupación desmedida antes de cada encuentro.
Los psicólogos aclaran que esto no necesariamente implica un trastorno de ansiedad. En la mayoría de los casos se trata de una respuesta emocional normal frente a un acontecimiento de gran relevancia.
No obstante, conviene prestar atención cuando los nervios impiden realizar actividades habituales, afectan el descanso o generan un malestar excesivo.
Durante los partidos también aparece otro fenómeno estudiado por la psicología deportiva: la ilusión de control. Muchas personas creen que usar una determinada camiseta, sentarse siempre en el mismo lugar o repetir ciertos rituales puede influir en el resultado.
Aunque racionalmente saben que esas conductas no modifican el desempeño del equipo, esos hábitos ayudan a disminuir la incertidumbre y brindan una sensación de seguridad.
Las redes sociales también potencian la experiencia emocional. Hoy el partido no solo se vive frente al televisor. Los comentarios en tiempo real, los memes, las discusiones y la circulación permanente de información mantienen al cerebro conectado durante muchas más horas que décadas atrás.
Por eso algunos especialistas recomiendan hacer pausas digitales antes del encuentro, especialmente en personas que ya presentan elevados niveles de ansiedad.
Otra estrategia útil consiste en mantener las rutinas habituales durante la previa. Comer normalmente, hidratarse, evitar el exceso de cafeína y realizar alguna caminata o actividad física liviana ayudan a regular la activación del organismo.
La respiración profunda también es una herramienta sencilla y eficaz. Inspirar lentamente durante cuatro segundos, sostener el aire unos instantes y exhalar de manera pausada contribuye a disminuir la respuesta fisiológica del estrés.
Más allá del resultado, los expertos coinciden en que el fútbol tiene un enorme valor social. Compartir un partido fortalece el sentido de pertenencia, favorece las relaciones interpersonales y genera recuerdos que permanecen durante años.
Quizás por eso cada Mundial se vive con tanta intensidad. El cerebro no distingue únicamente un partido de fútbol: interpreta que está en juego algo que forma parte de la propia identidad. Y cuando eso sucede, emociones, pensamientos y cuerpo reaccionan al mismo tiempo.
La pasión por la Selección puede acelerar el corazón, provocar ansiedad o mantenernos pendientes de cada jugada. Pero también tiene la capacidad de unir generaciones, crear historias compartidas y recordarnos que, durante 90 minutos, millones de personas sienten exactamente lo mismo.

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