A seis años de la primera movilización de "Ni una menos" en Argentina: "Fue como un nuevo 'Nunca más'"
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El femicidio de la adolescente Chiara Paez convocó al todo un colectivo.
Para participar de la acción difundieron un enlace con imágenes con las consignas para compartir en redes o imprimir y pegar en puertas, ventanas o en la vía pública.
Fueron demasiadas: las sonrisas, las miradas, los rostros de mujeres que nos acostumbramos a ver hace años en las crónicas policiales. Demasiadas también las familias, los grupos de amigos y amigas destrozados, sosteniendo en alto un cartel, una foto, un puño o un grito en alto pidiendo justicia.
Eran demasiadas las historias de femicidios impunes. La periodista y cronista radial, Marcela Ojeda, resumió en aquel entonces el hartazgo de un país en un tweet: “Actrices, políticas, artistas, empresarias, referentes sociales... mujeres, todas, bah... ¿No vamos a levantar la voz? NOS ESTÁN MATANDO”.
Actrices, políticas, artistas, empresarias, referentes sociales ... mujeres, todas, bah.. no vamos a levantar la voz? NOS ESTAN MATANDO
— Maͣrͬcͨeͤlaͣ Ojeͤdͩaͣ (@Marcelitaojeda) May 11, 2015
Ni una menos
El 10 de mayo de 2015 habían encontrado muerta a Chiara Páez, una chica de 14 que buscaban desde hacía días en Rufino (Santa Fe): estaba embarazada y fue asesinada a golpes por su novio de 16 años, quien la enterró en el patio trasero de la casa de sus abuelos. Se sospechaba de la complicidad de su familia, ya que luego tuvieron un típico almuerzo de domingo a pocos metros, como si una chica muerta en un jardín fuera un hecho de la naturaleza.
La primera marcha de Ni una menos fue un antes y un después para las mujeres en la Argentina y en el mundo. Después de 30 años, la convocatoria para pedir políticas que prevengan los femicidios se volvió una asamblea abierta para contar las historias de violencia de género. A partir de ahí, se generaron espacios en las redes sociales para la liberación de la palabra, bajo hashtags como #MeToo y #YoTeCreoHermana.
El huracán de la movilización viajó por todo el continente y tomo cuerpo en un lema que no solo repudia la muerte, sino que proclama la vida: Ni una menos, Vivas nos queremos. Despertó a otras que estaban calladas, que no se animaban o se sentían "locas" o únicas en tanto dolor escondido.
Aquel 11 de mayo se decidió poner fecha para una marcha tres semanas más tarde, y generar así un tiempo necesario para generar convocatoria. No se imaginó la dimensión que tomaría aquel primer intercambio de mensajes en las redes y plataformas de comunicación. Fueron más las razones que unieron a las mujeres que las diferencias: "Estábamos y estamos juntas porque somos mujeres", relató una periodista.
El 3 de junio de 2015 había alrededor de 350.000 personas de todas las edades. Grupos de amigas, parejas, madres y padres con sus hijos en brazos, chicas y chicos que salían de los colegios. Mujeres de distintas generaciones que se acercaban a los móviles de los canales para contar sus historias, familiares de víctimas anónimas con las fotos de sus muertas. En esa plaza se lloró por la vergüenza de haber consumido las cosas desde un silencio cómodo, cómplice. Por el dolor de la propia historia y por el camino que había llevado a tantas mujeres a estar ahí, porque esa tarde se sintió que el cambio era posible.

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