A 25 años del crimen de José Luis Cabezas, ninguno de los condenados está en la cárcel
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Patota todoterreno
La aversión de Yabrán hacia los periodistas y el culto de su anonimato tenía otro motivo que no estaba relacionado con los negocios, sino con su seguridad y la de su familia. Diego Ibáñez, el diputado nacional justicialista y líder del Sindicato Unido Petroleros del Estado (SUPE), fue el responsable de la presentación de Yabrán con Menem.
Yabrán siempre estuvo agradecido con Ibáñez. Esa gratitud quedó al descubierto en el momento más difícil en la vida del sindicalista. En julio de 1990, su hijo Guillermo fue secuestrado frente a la estación de trenes de Mar del Plata,
Yabrán puso a disposición de su amigo los dos millones de dólares que los secuestradores pedían como rescate.
En el medio de las negociaciones entre los secuestradores y el sindicalista, los delincuentes que tenían cautivo a Guillermo Ibáñez ordenaron que pasara a retirar una prueba de vida por un teléfono público instalado en la estación de servicio situada en el cruce de Santiago del Estero y la avenida Colón. La foto de ese teléfono fue publicada por un medio periodístico y, a partir de ese momento, los secuestradores cortaron la comunicación con el sindicalista.
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Guillermo Ibáñez fue asesinado. El cuerpo del hijo del diputado fue hallado enterrado casi veinte días después de haber sido secuestrado. Al abandonar el cementerio de Mar del Plata donde sepultó los restos de su hijo, Ibáñez se dirigió a los periodistas que realizaban la cobertura informativa del sepelio y les dijo: “La mitad de la culpa del asesinato de mi hijo es de ustedes”.
Fue así como el homicidio del hijo de su amigo marcó a fuego a Yabrán, alimentó su aversión a los periodistas y potenció la obsesión por la seguridad de su familia, en base al anonimato.
Antes que Cabezas, Fernando Amato, también periodista de la revista Noticias, sufrió la violencia aplicada por la guardia pretoriana de Yabrán cuando con un compañero tomaban fotos de la mansión del empresario en Pueyrredón 1501, en Martínez.
El 9 de enero de 1995, Jorge Penín y Jorge Pino, cronista y camarógrafo, respectivamente, del canal 8 de Mar del Plata se acercaron al chalet Narbay, en Pinamar, residencia veraniega del empresario y de su familia, con el propósito de hacer una nota. Pero fueron interceptados por el exmilitar Claudio Boyler, custodio de Yabrán, que los persiguió varias cuadras, mientras les arrojaba proyectiles con una gomera.
“Un verano sin periodistas”
En diciembre de 1996, reunidos en las oficinas de Yabito, una de las empresas de Yabrán, el hombre de negocios le transmitió la orden a Ríos y Prellezo de que quería pasar un verano sin periodistas.
Casi un mes después, el 25 enero, los cuatro integrantes de la banda de Los Hornos, contratados por Prellezo. secuestraron a Cabezas, lo obligaron a subir al Ford Fiesta y, seguidos en el automóvil de Prellezo, abandonaron Pinamar rumbo a la cava de General Madariaga. El comisario Gómez se había encargado de liberar la zona de policías. Ningún uniformado detuvo la caravana. En el trayecto, se sumó Prellezo. Al llegar a la cava, hicieron bajar a Cabezas del auto y el policía lo mató de dos balazos. Después, rociaron con nafta el Ford Fiesta y huyeron. A las 5.25, uno de los jefes de la custodia de Yabrán recibió el llamado en el que comunicaron que habían matado al fotógrafo.
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El 15 de mayo de 1998, Silvia Belawsky, exmujer de Prellezo, se presentó ante el juez Macchi y aportó el dato que terminó de cerrar el círculo de pruebas que involucraban a Yabrán en el asesinato del fotógrafo. La exesposa del policía manifestó que Prellezo había sido el autor del ataque incendiario contra la casa del asesor del ministro Cavallo, en Pinamar, por cuenta y orden de Yabrán.
Con esta prueba, el juez dictó la orden de captura de Yabrán. Pero el empresario no llegó a ser condenado como presunto autor intelectual del asesinato de Cabezas. Después de pasar cinco días prófugo, Yabrán, rodeado por la policía, se disparó un escopetazo en la boca en el baño de una de sus estancias de Entre Ríos.
“Quién otro que Alfredo Enrique Nallib Yabrán instigó a Gregorio Ríos; este, a su vez, determinó a Gustavo Prellezo para interrumpir la tarea periodística que realizaba José Luis Cabezas en Pinamar, que tanto lo obsesionaba. Un hombre que se jactaba de que ni los servicios de inteligencia poseían sus fotos. Había tanta gente en Pinamar que sabía del crimen, que parecía la crónica de una muerte anunciada”, expresó el camarista Raúl Begué, al dictar la sentencia que condenó a los asesinos de Cabezas.
La Nación

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