Pasión por los fierros y el campo: recuperó dos cosechadoras de los ’70 y cada campaña las usa junto a su esposa
César Cignetti y Stella Vallejos, de San Vicente, sostienen una historia familiar ligada al trabajo rural, la mecánica y el amor por las máquinas. Él restauró dos cosechadoras antiguas, las adaptó a los rindes actuales y todavía las pone en marcha cada año.
:format(webp):quality(40)/https://radiorafaelacdn.eleco.com.ar/media/2026/06/cesar_cignetti_y_stella_vallejos_de_san_vicente_pasion_por_los_fierros_y_el_campo_recupero_dos_cosechadoras_de_los_70_y_las_usa_cada_campana_junto_a_su_esposa.webp)
En San Vicente, la pasión por los fierros y el campo tiene nombre propio: César Cignetti. A los 61 años, mira hacia atrás y reconoce que su vínculo con las cosechadoras empezó cuando todavía era un adolescente, casi como una herencia familiar que terminó marcando su vida.
“Yo comencé con el hermano de mi abuelo. Tenía 15 años y siempre me gustaron los tractores y las máquinas, sobre todo las cosechadoras”, recordó. En aquel tiempo asistía a la escuela técnica, aunque admitió que el estudio no era lo que más lo entusiasmaba. Fue entonces cuando su tío le abrió una puerta que cambiaría su camino.
“Me dijo: ‘Si no querés estudiar más, vení acá, nosotros te vamos a dar una mano y te vamos a enseñar’. Así empecé, como uno más del montón”, contó César.
Desde ese momento, la idea quedó dando vueltas: algún día quería tener su propia máquina y trabajar el campo que había pertenecido a su abuelo.
Una máquina comprada en un desarmadero
Con el paso de los años, ese deseo empezó a tomar forma. Tras el fallecimiento de su abuelo, César habló con su abuela y le planteó la posibilidad de trabajar el campo familiar. Poco después compró su primera cosechadora: una modelo 1009 del año 1974, que encontró en un desarmadero.
La máquina no estaba en buenas condiciones. Había permanecido parada durante años y necesitaba una reconstrucción completa. Pero lejos de desanimarse, César vio allí una oportunidad.
“Si hubieras visto cómo estaba eso… Dios mío. La desarmé toda y la reformé completa”, relató.
La compró en 1992 y, tres años después, en 1995, encaró una restauración profunda. Más tarde, en el año 2000, adquirió una segunda cosechadora y también la modificó hasta dejarla en condiciones de trabajo. Hoy, ambas máquinas están preparadas de manera similar y siguen activas cada campaña.
Adaptadas a los rindes actuales
El trabajo de restauración no fue solamente estético. César entendió que esas cosechadoras habían sido diseñadas para otra época, con rindes mucho menores a los actuales. Por eso decidió adaptarlas para que pudieran responder al presente productivo.
“Esa máquina fue diseñada para rindes de 2.500 o 3.000 kilos. Con la genética y la fertilización de la actualidad, los rindes se duplicaron”, explicó.
Entre las reformas, modificó el motor Mercedes 1114, incorporó turbo, amplió la capacidad de trabajo, intervino los sacapajas, la camisa y el zarandón, al que le sumó unos 50 centímetros. También cambió movimientos internos, agregó copiado de terreno, aire acondicionado y sistema Vigía.
“Lo que hice fue darle más capacidad y mejorar el funcionamiento”, resumió.
Stella, compañera de vida y de campaña
La historia de César no se entiende sin Stella Vallejos, su esposa y compañera de cada campaña. Ella también se subió a la cosechadora, aprendió a manejarla y se convirtió en parte fundamental del trabajo.
“Me iba acompañando y después me fue enseñando. Primero él controlaba si la máquina tiraba, bajaba a revisar y después ya andaba sola”, recordó Stella.
Incluso durante un embarazo, siguió manejando con autorización médica. “Le pregunté a mi ginecóloga si podía manejar y me dijo que sí, que no había problema”, contó.
Con naturalidad, aprendió a detectar sonidos, fallas o movimientos extraños. “Si siento algo raro, lo llamo. Le digo si escucho una correa o algún ruido, y él se acerca a revisar”, explicó.
Aunque reconoce que no es tan común ver a una mujer sobre una cosechadora, Stella lo vive con orgullo. “Todo terreno”, resumió entre risas.
De lo propio a los vecinos
Con esas máquinas recuperadas, César trabaja cada campaña sus propias hectáreas y también presta servicio a vecinos de la zona. Según contó, primero cosecha lo suyo —unas 173 hectáreas— y luego continúa en campos cercanos.
“No son máquinas modernas, pero las uso. Termino lo mío y después voy a los primeros vecinos, a tres, cuatro o cinco kilómetros”, explicó.
Lo que para muchos podría ser una reliquia, para César es una herramienta viva. Las cosechadoras de los ’70 siguen en marcha porque detrás hay conocimiento, paciencia, oficio y una historia familiar que se mantiene encendida.

Para comentar, debés estar registradoPor favor, iniciá sesión