Julio Cepeda, la voz que nació casi "sin querer" en las kermeses y que años después "le salvó la vida"
El reconocido cantor rafaelino repasó su historia de vida, desde la infancia trabajadora y sus primeras imitaciones de Julio Sosa hasta el momento en que, en medio de una profunda crisis personal y económica, el tango volvió a aparecer para darle un nuevo sentido a sus días.
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La vida de Julio Cepeda, uno de los nombres más queridos del tango en Rafaela, está atravesada por el trabajo, la humildad, la constancia y una pasión que tardó años en encontrar su cauce definitivo.
Antes de convertirse en una voz reconocida de la ciudad, fue un chico que trabajaba desde muy pequeño y que, casi como un juego, cantaba tangos en las kermeses de los clubes imitando a su ídolo máximo: Julio Sosa. “Tenía doce años y cantaba como Julio Sosa”, recordó.
Aquellas primeras interpretaciones surgían de manera espontánea, entre amigos y sin acompañamiento musical. “Yo iba con los chicos a las kermeses de aquellos años, en los clubes, así nomás, sin música, y me decían: ‘Cantá, Julio, cantá, vos cantás igual que él’. Y yo, agrandadísimo, me lo cantaba igual que él”, contó.
Cepeda evocó también una niñez marcada por la necesidad de ayudar en la casa. Lejos de una infancia ociosa, sus vacaciones eran sinónimo de trabajo. “Yo trabajaba a los diez años”, afirmó.
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Y explicó cómo funcionaba esa lógica familiar en aquellos tiempos: “Mi mamá me decía: ‘¿Las vacaciones de fin de año? ¿Tres meses? Bien, pasaste de grado, qué bien… bueno, vas a tener que ir a La Opinión a vender diarios’”.
Después llegaban otros trabajos. “Las otras vacaciones, vamos a hablar con Camusso, que era el lechero, el papá de Oscar. Y allá iba, de madrugada, a los campos”, recordó. Más tarde también vendió helados, siempre bajo la misma premisa. “La familia humilde… había que estar, como decían ellos. Siempre los papás primero”, señaló.
Sin embargo, al mirar hacia atrás, Cepeda no lo recuerda con amargura. “Así fui feliz, jugando, trabajando”, resumió.
El dolor de no poder ver a su ídolo
Ya en la adolescencia, mientras trabajaba en una fábrica de insumos para televisores, el tango seguía estando cerca. Pero hubo un episodio que lo marcó profundamente y que lo alejó de la música durante muchos años.
En 1964, cuando tenía 15 años, se preparaba para ver en vivo a Julio Sosa, convocado para cantar en el Club Independiente. “Voy a buscar la entrada anticipada y resulta que una semana antes desapareció en Buenos Aires”, dijo, en referencia a la muerte del “Varón del Tango”.
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La frustración fue tan fuerte que decidió callarse. “No lo pude ver, y los chicos me decían: ‘Cantá, Julio, cantá’. No, no tenía ganas. No canté más”, contó.
Durante mucho tiempo, el tango siguió siendo una pasión íntima, alimentada en charlas con otros tangueros de la ciudad, pero sin dar el paso de subirse a un escenario. “Tenía todos los tangueros de la ciudad, que eran amigos. Los encontraba en el centro, tomando un café, y hablábamos de tango”, recordó.
Pero siempre se corría de ese lugar protagónico. “Yo hablaba de tango y les decía: ‘Muy lindo lo que hacen ustedes, sigan, sigan’. Pero yo no”, relató.
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La crisis que lo empujó a cantar
Recién en los años 2001 y 2002, en medio de la crisis económica del país, Cepeda volvió a encontrar en el canto una salida. Por entonces trabajaba desde hacía décadas en la Municipalidad, donde fabricaba carteles, y atravesaba una situación de gran angustia personal. “En este país, en 2001, 2002… qué pasó, terrible. Tenía casi una depresión”, confesó.
En su casa, la situación también pesaba. Sus hijos estudiaban y él sentía sobre sus hombros toda la responsabilidad económica del hogar. “Yo sentía mucha presión porque tenía a mis hijos Lucas y Romina haciendo carreras terciarias. Lucas en Esperanza, Romina acá en Rafaela. Y yo era el único guía de la familia, porque trabajaba”, explicó.
Las preocupaciones eran diarias. “Llegaban las cartas documento, había que salir adelante”, recordó. Y fue en ese contexto donde el tango volvió a aparecer como refugio. “Empecé a cantar, a canturrear en el galpón grande de la municipalidad, a la mañana”, contó.
“El tango me salvó la vida”
Lo que comenzó como un murmullo en el lugar de trabajo se transformó poco a poco en una experiencia sanadora. Cepeda descubrió que cantar le devolvía calma y le permitía llegar a su casa con otro ánimo. “Empecé a llegar a mi casa mucho más tranquilo”, relató.
Y fue entonces cuando puso en palabras lo que esa música significó en su vida: “A mí me salvó el tango. La música, pero el tango”.
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Sus compañeros de trabajo fueron los primeros en advertirlo y alentarlo. “Me decían: ‘Qué lindo que cantás, Julio. ¿No cantás en los boliches?’”, recordó. Al principio, él se resistía. “Yo les decía: ‘Me van a matar si ya… yo qué voy a cantar’”, confesó. Pero de a poco empezó a creérsela. “De tanto que me insistían, empecé a creérmela”, dijo.
Con esa mezcla de deseo y miedo, fue a buscar a Domingo “Mingo” Scalenghe, músico y referente local, para pedirle una prueba. “Le dije: ‘Mingo, yo quiero cantarle a la gente. Quiero ver si puedo cantar tango, ¿me podés tomar una prueba?’”, recordó.
Escalante aceptó y lo hizo cantar en su casa, junto al piano. Cuando terminó, la respuesta fue inmediata. “Cerró el piano y me dijo: ‘¿Vos nunca cantaste, Julio?’”, relató. Pero además le marcó el siguiente paso. “Me dijo: ‘Vos tenés que ir a Antonio Fassi, que te va a enseñar a vocalizar y te va a poner la voz en su lugar’”, contó.
Cepeda no dudó. “Le dije: ‘Antonio, yo necesito que usted me ayude, porque quiero dedicarme a cantarle a la gente’”, evocó. La respuesta fue concreta. “Me dijo: ‘Mañana a las siete de la tarde venga’. Y ahí estaba Julio, paradito al lado del piano, empezando a trabajar”, cerró.

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