“Deserto” agrega una nueva función en La Máscara
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El Centro Cultural La Máscara anuncia una nueva y última función de “Deserto” del grupo Danzarte, una creación colectiva con dirección de Margarita Molfino. El espectáculo de Danza Teatro realizó funciones a sala llena y se presenta por última vez el viernes 31 de mayo a las 22.
La síntesis de la obra dice “Deserto es un suelo estriado, un territorio con cuerpos movidos por el deseo de deshabitarlo. Trazar líneas de fuga para inaugurar otro espacio. Despoblar el deseo para derramarlo en cualquier dirección. Desertar…”
DANZARTE es un grupo de danza independiente que viene trabajando sostenidamente desde los años 90. Dirigido por Gabriela Guibert, ha trabajado con diversos coreógrafos invitados y se ha nutrido de los aportes de bailarines formados en distintas disciplinas. Interesado desde el comienzo en la relación entre movimiento, filosofía y artes visuales, el grupo continúa en la experimentación y el dialogo interdisciplinar.
Las entradas tienen un valor de $200 para la general, y de $ 150 para asociados. Hay venta de entradas 2 x 1 hasta el día previo a la función. La boletería está habilitada de Lunes a Viernes de 17 a 20 y una hora antes de cada función en el Centro Cultural La Máscara, Constitución 250, TE: 503222. Este evento se realiza con el aporte de la Comisión Municipal para la Promoción de la Cultura. Sala subsidiada por el Instituto Nacional de Teatro.
Ficha Artística y Técnica
Idea y creación colectiva
Intérpretes: Venus Barbotti, Victoria Curiotti, Damián Prida, Candela Pruvost, Nicolás Reano.
Dramaturgia: William Prociuk.
Fotografía: Lucas Boll.
Diseño gráfico: Melina Meynet.
Iluminación: Bruno Morra y William Prociuk.
Música original y diseño sonoro: Martín Bosa.
Directora asistente: Gabriela Guibert.
Dirección General: Margarita Molfino.
Crítica: Por Analía Ojeda
Balancearnos a través de la multitud hacia un espacio vacío
Frente a la hegemonía de lo individual y la saturación, la obra colectiva de danza-teatro dirigida por Margarita Molfino, con asistencia de Gabriela Guibert, desobedece y se balancea entre la multitud. Vuelve a instalar el “deserto” este viernes 31. Después de cuatro funciones, una más para dislocar el paisaje local.
¿Cómo se configura la trama erótica de un deserto? La palabra es ruido y resonancia en la lengua materna. Roza lo neutro barthesiano, la no-arrogancia. Rodea la fuga deleuziana. El contorno móvil que un cuerpo-vector atraviesa desde su sed. Entre luz y apagón (moviliza el diseño lumínico de William Prociuk y Bruno Morra, en sugestivo diálogo con la dramaturgia del primero), los cinco cuerpos en escena (la constelación al poder de Venus Barbotti, Victoria Curiotti, Damián Prida, Candela Pruvost, Nicolás Reano) prestidigitan el punctum del deseo en su (di)versión. En lo súbito de la oscuridad (intuimos, agudizamos los sentidos imprevistos) se chocan, se arrastran, se miden, se vigilan. Las respiraciones y jadeos son indicios de la cacería. Recortes de sombras en los muros de la cueva. Los cuerpos también son proyecciones.
Deserto. ¿Se ronda? ¿Se deambula? Un dispositivo imaginario distribuye a los cuerpos-arcos en una estructura feroz: desandar el animal (jadea aún), ordenar los gestos, controlar la simetría de los pasos-figuras, lanzarse como flechas salvajes. En la apretada malla de lo común (el acertado vestuario ajeno al brillo, otra vez la no-arrogancia), el punto de fuga aún no es posible. Los brazos se elevan en un gestus brechtiano enigmático. La caída al revés. La pausa en la máquina. Lo íntimo deviene peligro. La mirada del otro (el personaje ordenador de Venus Barbotti) acecha. El cuerpo es carnada y presa.
Deserto. ¿Se huele? ¿Late? Lo común es nudo en el desgarro. El encuentro con el otro (Damián Prida/Nicolás Reano, Victoria Curiotti/Candela Pruvost) es un calambre, un músculo tenso en el abrazo intempestivo. En esa tensión (golpe, frote, atracción) un cuerpo enlaza al otro. Un cuerpo es trazado por el otro. El trazo es herida todavía. Aullido no domesticado. Olfato en un registro ido. La respiración es un lenguaje sin ley. Por sus nervaduras de aire late el comienzo de los cuerpos contra el origen de los relatos. El ojo que es terceridad (quizás ese interpretante cultural fijado que detiene el dinamismo) vigila. El tacto espera.
Deserto. ¿A través? Frente al código/mandato se cuadra el habla/desobediencia. Cada cuerpo balbucea, susurra, gime, resopla su desvío. Ronda y se ronda para configurar una topografía singular. Las chicas custodian la expedición a su goce desconocido. Los chicos redescubren a tientas el principio del placer. El tacto recupera su espacio de revelación. Fogonazo al público.
Deserto. ¿Se cruza? Travesía y mestizaje. Las tramas mestizas se mueven, se intersectan, se anudan. Se trepan, se escalan para ensayar modos de ver (el legado de John Berger). Ya intuyen la fuga. La malla eyecta cuerpos. O salen solos. En tríadas. En micro manadas. Otros intentan pegarse a esa red. El desvío es arritmia. Algo late y desalinea el mapa sonoro (inquietante diseño de Martín Bosa). De a uno los cuerpos van (des)armando su batalla con los ritmos aprendidos. La trayectoria deviene resonancia. En los solos, los cuerpos devienen. Bailan su modo de habitar el deserto.
Deserto. ¿Se danza? Contra toda estructura de poder, la risa. La flojedad. Un cuerpo contorsionista (efervescente Nico Reano) deslizándose, disolviéndose. Un cuerpo emergente en lo íntimo. Un cuerpo que esconde una escucha. Un cuerpo que suelta esa escucha. Y baila.

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