Depresión en el trabajo: el diagnóstico que la mitad calla
Uno de cada dos trabajadores argentinos convive hoy con un diagnóstico de salud mental. Seis de cada diez elige no contarlo en su trabajo. El silencio no es casualidad: es la consecuencia directa de una cultura organizacional que todavía no sabe qué hacer con la palabra depresión.
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Hay una frase que escucho en distintas versiones en casi todos los talleres que doy: "acá no se puede decir que uno está mal". A veces la dicen en voz baja, casi con culpa, como si reconocerlo fuera una falta. Y sin embargo, cuando pregunto quién atravesó alguna vez un momento de angustia, ansiedad o tristeza sostenida vinculado al trabajo, casi todas las manos se levantan. La brecha entre lo que se siente y lo que se dice es, en sí misma, un dato de salud emocional organizacional.
Los números lo confirman con una precisión incómoda. Según un relevamiento conjunto de Bumeran y Combo realizado entre más de 4.800 personas de América Latina, el 51% de los talentos argentinos reporta tener o haber tenido un diagnóstico de salud mental: ansiedad generalizada (37%), ansiedad social (16%), trastorno depresivo mayor (11%) y estrés postraumático (7%) encabezan la lista. Hasta ahí, un panorama que ya preocupa. Pero el dato que más debería inquietar a cualquier líder es otro: el 60% de quienes tienen un diagnóstico no lo compartió en su trabajo. El 82% cree que a su organización no le interesa su salud mental. Y el 65% directamente lo describe con una palabra: estigma. Del otro lado, solo el 4% de las empresas argentinas cuenta con políticas formales de acompañamiento en salud mental, el porcentaje más bajo de toda la región relevada.
No es un problema exclusivamente local. La Organización Mundial de la Salud informó en septiembre de 2025 que más de mil millones de personas en el mundo viven con algún trastorno de salud mental, lo que la convierte en la segunda causa de discapacidad prolongada a nivel global, con la ansiedad y la depresión como los cuadros más frecuentes. El costo no es solo humano: la OMS estima que la depresión y la ansiedad le cuestan a la economía mundial cerca de un billón de dólares al año, principalmente por pérdida de productividad. Y la brecha de atención es enorme: mientras en los países de altos ingresos más de la mitad de las personas afectadas accede a tratamiento, en los países de bajos ingresos esa cifra cae por debajo del 10%.
Lo que el silencio le cuesta a una organización
Cuando alguien calla lo que le pasa, no deja de estar mal: deja de pedir ayuda. Sigue yendo a trabajar, cumple, sonríe en la reunión, y por dentro sostiene un costo que tarde o temprano aparece, como ausentismo, como errores, como una renuncia que a nadie termina de sorprender del todo. Lo llamamos rotación, o bajo rendimiento, y en el fondo muchas veces es otra cosa: una persona que no encontró un lugar seguro para decir que no estaba bien.

El tabú no se sostiene solo. Se construye con líderes que nunca hablan de sus propias dificultades, con culturas que premian la disponibilidad permanente como sinónimo de compromiso, y con la ausencia lisa y llana de canales reales donde pedir ayuda no implique quedar marcado.
Qué puede hacer una organización, en serio
Nombrarlo, para empezar. No hace falta que cada líder se convierta en terapeuta de su equipo, pero sí que pueda decir la palabra depresión o ansiedad en una reunión sin que se sienta un exabrupto. Formar a los mandos medios, que son quienes primero detectan un cambio sostenido de humor o energía en alguien, para que sepan escuchar y derivar, sin diagnosticar ni minimizar. Ofrecer canales concretos, no solo una frase en el manual de bienestar: licencias claras, programas de asistencia, información accesible sobre dónde pedir ayuda. Y separar, siempre, la conversación de desempeño de la conversación sobre salud: no son lo mismo, y tratarlas como si lo fueran es exactamente lo que perpetúa el silencio.

El objetivo no es una organización sin depresión: eso no depende de ningún organigrama. El objetivo, mucho más alcanzable, es una organización sin silencio forzado. Una donde pedir ayuda no sea un riesgo profesional, sino apenas lo que corresponde hacer cuando algo duele.
Verónica Dobronich es speaker internacional y experta en Inteligencia Emocional. Co-fundadora de Gimnasio de Emociones y fundadora de Hub de Emociones. HR Influencer N.º 1 de Argentina 2024.
El Litoral

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